Donde los ecos del pasado resuenan en las montañas de arena...
Madrid, en la actualidad.
—¡Vamos, no os despistéis! —Ángel se volvió hacia su grupo de estudiantes del instituto, que correteaban por el Parque del Retiro. Era su último día de excursión antes del regreso a Málaga.
Los árboles, renovados de la caducidad que les produjo el invierno, emergían con un verdor espectacular. El ruido del aire azotando sus ramas, los pájaros y algunas ardillas que pululaban por los jardines creaban una estampa idílica ante los ojos de Ángel, profesor de historia y organizador del viaje.
—Maestro, ¿estamos cerca? —preguntó Julio.
—Sí, ten un poco de paciencia —respondió el profesor, mientras contemplaba el rostro de entusiasmo de su alumno.
De pronto, otra muchacha lo asaltó con un descomunal y desagradable grito:
—¡Quién es ese! —señalando a la escultura del Ángel Caído, que reside en la cúspide de una fuente del parque, en el centro de una rotonda del antiguo Paseo de Carruajes.
—¡Lucifer!... Y dicen que es la única escultura erigida en honor al ángel caído en todo el mundo. Venga, haceos las fotos que necesitéis y seguimos que aún nos queda un poco de camino hasta salir del parque y el sol está ya apretando. —contestó el profesor.
Todos los jóvenes se arremolinaban ansiosos ya que querían hacerse la típica foto con el monumento como telón de fondo.
Después de cruzar el paseo del estanque, bajaron hacia las escaleras que daban salida a la Puerta de Alcalá. Allí los esperaba el imponente monumento finalizado en 1778 bajo mandato de Carlos III. Los chicos se agitaban con entusiasmo ante su silueta. Para muchos de ellos, aquella estructura era una imagen familiar, una obra que habían visto innumerables veces en televisión o en internet.
La algarabía resonaba por toda la plaza. Algunos se separaron del grupo y corrieron hacia el paso de peatones. Habían visto en las redes sociales que, justo en el centro de la calle de Alcalá, había un lugar privilegiado sobre una mediana adoquinada desde donde se podía tomar la foto perfecta. El semáforo seguía en rojo, y eso los detuvo por un momento, justo cuando la voz de Ángel los advirtió:
—¡Chicos! A ver, un poco de atención. Sé que queréis la típica foto con la Puerta de Alcalá de fondo. Pero esta debe esperar a la vuelta, o sea que no os paréis y seguid cruzando hasta llegar al otro lado de la plaza.
Un sonoro murmullo de protesta se escuchó entre el ruido de los coches que pasaban velozmente por delante de ellos. El profesor estaba bregando con la pubertad de los jóvenes y la emoción de su primer viaje a la capital. A Julio le daban igual las fotos, él solo ansiaba llegar a su destino y contemplar las esculturas que tanto tiempo llevaba esperando.
Los estudiantes junto a su profesor avanzaron por la calle Serrano, dirigiéndose hacia el Museo Arqueológico Nacional, el destino final de su excursión. Julio paseaba por la acera observando los majestuosos edificios que mezclan con sutileza y armonía estilos de diferentes épocas, mientras con su mano izquierda, deslizaba sus dedos sobre las frías rejas que lo separaban del museo.
Una vez en la puerta, lo estremeció la imagen de las dos esfinges que flanqueaban un gran pórtico, con columnas corintias y detalles arquitectónicos inspirados en la antigua Grecia y Roma.
—Cuando yo tenía tu edad, se accedía al museo por esas escaleras —el profesor se acercaba a Julio por su espalda—. ¿Recuerdas, el otro día en clase, la escena que vimos de ‘La historia interminable’? Cuando “Atreyu” cruzaba las esfinges, guardianas del sendero, con su mirada letal.
—Sí —Julio le devolvió una sonrisa de oreja a oreja.
—Pues yo me imaginaba ser ese “Atreyu” cruzando las puertas del sendero, escoltadas por las esfinges que daban paso a un mundo increíble… Vente, bajemos por esta rampa que ahora es el acceso principal.
Las puertas automáticas se abrieron y dieron paso a un gran hall donde comenzaba el espacio expositivo. En muchos museos modernos, estos lugares no solo marcan el inicio del recorrido, sino que también sirven como puntos de encuentro con tiendas repletas de recuerdos y cafeterías donde el aroma del café recién hecho te seduce para entrar a ellas y degustarlos.
Después del breve control de acceso, las empleadas, en la puerta, daban la bienvenida y las instrucciones al grupo para seguir cronológicamente la visita.
—Nos hemos retrasado un montón, por esta primera parte pasaremos más rápido y nos dirigiremos a la planta superior, que es donde se encuentra el arte Íbero.
Por las primeras salas de la planta baja, dedicadas a la prehistoria, los estudiantes avanzaron rápidamente.
—Estas son las consecuencias de habernos entretenido demasiado por el parque. —murmuraba Ángel a su compañera.
—Necesito que me hagas un favor. Lleva al grupo al inicio de la visita que quiero mostrar a Julio lo que ha venido a ver. Para que pueda dedicarle más tiempo, ¿Ok?
—No te preocupes Ángel. Me los llevo yo —respondió María.
—Vente Julio, rápido. No perdamos tiempo. —El profesor se separó del grupo con su alumno y después de recorrer presurosos las primeras salas, subieron por las escaleras que se ubicaban frente al ascensor para llegar a la planta primera. Una vez allí cruzaron de punta a punta el patio central donde se alzaba una gran torre funeraria íbera.
—Julio, no estamos siguiendo el orden cronológico de la exposición, pero vamos primero al lugar donde querías estar hace mucho tiempo.
Ángel indicaba el camino al joven Julio que, con el rostro emocionado y los ojos brillantes, seguía los pasos de su profesor de historia.
—Mira la Bicha de Balazote, si no fuera por las pezuñas, esta bestia de época Íbera me recordaría a un ser mitológico posterior llamado gailán.
—¿Qué es un gailán?
Al instante, el profesor sacó su móvil del bolsillo trasero del pantalón y realizó una búsqueda en el navegador, que devolvió una miniatura de un manuscrito.
—Este es un Gailán, mitad hombre mitad felino o bestia, se encuentra en diversos escritos medievales de la época de Al-Ándalus. Andaba a cuatro patas, pero podía mantenerse erguido. Dicen que vivía en los bosques, pero de vez en cuando, pululaba por las aldeas y las ciudades. Cuando terminemos de aquí nos dirigiremos hacia la época romana y luego la árabe. Por cierto, a tu espalda se encuentra la Leona de Baena, para ser del siglo VI antes de Cristo, tiene un diseño super moderno ¿No es cierto?
Julio permanecía entre las dos esculturas funerarias admirándolas y observando la razón que tenía su maestro. En sus formas básicas y rectas, la Leona de Baena parecía más una escultura del siglo XX que una pieza de su tiempo.
El profesor se acercó al oído del muchacho y le susurró:
—Sabes que confío en ti, quédate por esta zona y espera a que lleguemos. Nosotros seguiremos con la visita en orden cronológico. Por cierto, anda un poco más hacia delante, entre esas vitrinas y habrás llegado a tu destino. —El profesor se alejaba para unirse al grupo y dejaba a Julio contemplando las figuras.
Cuando el chico se encontró solo, siguió las indicaciones proporcionadas por su profesor. Un gran cubículo de madera de color oscuro y cristal protegía con solemnidad la figura que, tantas veces había sido el desvelo de Julio. Se situó frente a ella y un escalofrío le recorrió el cuerpo.
La imagen de la Dama de Baza se alzaba tras el cristal, sentada regia en su trono alado con su expresión severa y majestuosa, como si lo observara a través del tiempo. No entendía el origen de aquella atracción que lo sobrecogía, pero la sensación no era nueva. Desde niño, al ver un documental sobre las grandes damas Íberas, sintió una conexión inexplicable, como si un hilo invisible lo uniera a ellas. Era una llamada silenciosa, un rumor ancestral que resonaba en lo más profundo de su ser.
A los pies de la dama reposaban armas, vasijas de barro y otros elementos de ajuar. Durante años se creyó que los restos cremados de su interior pertenecían a un guerrero o a un monarca, pero investigaciones recientes han demostrado que se trataba de una mujer, la misma que, según los expertos, representa la escultura.
—¿Quiénes serían estas damas? —La misma pregunta asaltaba su mente cada vez que las contemplaba, pero esta vez con una intensidad aún mayor.
En un momento se percató de que una mujer alta, de pelo castaño claro y grandes ojos azules, lo observaba fijamente al otro lado del expositor que contenía a la Dama de Baza y esta situación comenzó a incomodarle.
Intentó no darle importancia y centrarse en lo que había ido a ver, volviendo la mirada hacia la obra. Tras un rato de observación, giró la cabeza y observó otra de las damas que investigaba, se situaba en la sala aneja justo a su derecha.
No pudo con la curiosidad y volvió la mirada al lugar donde estaba la mujer que lo observaba, pero para su desconcierto, no había rastro de ella. Buscó con la mirada, pero ya no quedaba nadie. De pronto, un silencio sepulcral lo rodeaba y hacía que todo pareciera aún más extraño. Sin embargo, Julio, de carácter audaz y valiente, no le dio mayor importancia y, como si nada, se dirigió con paso firme hacia donde esperaba la otra dama.
Ante sus ojos, la gran diosa de Elche, regia y poderosa, de simetría perfecta, nariz recta y ojos almendrados. Su magnífica imagen trasmitía serenidad y poder.
—Seguro que se trataba de alguna deidad o algo parecido, pensó.
Frente a ella, Julio estudiaba el rostro perfecto de la escultura con más de dos mil quinientos años de antigüedad. En el reflejo del cristal, los ojos de la mujer aparecieron de nuevo, superpuestos al rostro de la figura. Sus facciones encajaban con una precisión inquietante con las del busto, como si la figura de piedra cobrara vida. El corazón de Julio comenzaba a latir con una intensidad endiablada, tenía la sensación de que se le iba a salir del pecho.
Reuniendo todo su valor, se giró, decidido a enfrentarse a aquella presencia enigmática. Con la mirada aún fijada en el suelo, inspiró hondo y levantó la vista al frente, pero antes de poder reaccionar, se encontró cara a cara con la extraña mujer y volvió a sentir el peso de esa mirada penetrante. Los ojos de ella, azules y profundos como un zafiro, se hundieron en los suyos paralizando el cuerpo del muchacho. Un escalofrío recorría su espalda, e intentó gritar pero su aliento quedó atrapado en su garganta. En ese instante, la voz de la mujer resonaba dentro de su mente. Era una lengua desconocida, de resonancias ancestrales que intentaba comunicarse con él. Asustado, trató de salir de aquel letargo cerrando los ojos para desconectarse de la mirada. Su cuerpo se balanceó, girando bruscamente, y… cuando los volvió a abrir… frente a él, inmóvil y silencioso, se hallaba la figura de su profesor.
—Julio ¿Te encuentras bien? —Ángel, incrédulo, sostenía entre sus brazos a su alumno con la mirada perdida.
— Ma-ma-maestro, u-u-una mujer…me ha seguido, era como y… hasta aquí y me observaba en-en-entre las vitrinas. —contestó Julio con un tartamudeo casi incomprensible y el rostro desencajado por el miedo.
Al escuchar el relato del muchacho, la sonrisa del profesor se transformó en una expresión seria. El chico no era de los que se alteraba con facilidad; pocas cosas lograban sacudir su temple. Alzó su mirada y se giró sobre sí mismo.
—No encuentro a nadie, Julio, ¿Te ha hecho algo? ¿Quieres que llamemos a seguridad?
—No, no… Estoy bien.
—¿Seguro? —repitió el profesor, inclinándose para quedar a la altura de su alumno.
—¡Seguro! —respondió Julio con firmeza.
—Igualmente, si vuelves a verla avísame. —Una vez más el maestro, volvió a sujetar por el hombro a su alumno dirigiendo su mirada a la Dama de Elche:
—Es espectacular ¿Verdad?
—Sí, lo es, ¡Hay mucho misterio sobre ella! Y no entiendo por qué tengo este pálpito, desde que la vi por la tele y luego tú nos la enseñaste en clase. Sentí algo que no puedo describirte…y ahora la extraña mujer. —Julio se volvía a poner algo nervioso, mientras la miraba fijamente a los ojos.
—Ven, detrás de ella se exhiben muchas otras esculturas de damas, descubiertas en distintas excavaciones realizadas a lo largo de la península. —Profesor y alumno se dirigieron justo tras la vitrina de la Dama de Elche, donde se exponían otras figuras que representaban a más damas íberas. Mientras tanto, el resto del grupo se acercaba a ellos.
—Existe mucha oscuridad en torno a estas figuras, no hay nada escrito o que podamos entender. En el Museo Arqueológico de Alicante hay expuesta otra dama muy interesante hallada en Guardamar del Segura… Ven conmigo, rápido, por aquí, si no, no te va a dar tiempo a ver esta parte del museo. —El profesor se detuvo un instante a hablar con la compañera del instituto que lo acompañaba en la excursión y después de un gesto se separó del grupo con Julio para ir al lugar de donde provenían el resto de los alumnos.
Al llegar a esa zona expositiva, se detuvieron delante de dos estelas funerarias. El profesor le indicó:
—Quiero que te fijes en estos símbolos, es la escritura Íbera. En el siglo pasado, Manuel Gómez-Moreno logró descifrar la pronunciación, pero seguimos sin comprender lo que significa… —Julio seguía ensimismado viendo los símbolos y, después de las palabras de su profesor, más aún crecía el misterio que rodeaba a toda esta cultura.
El muchacho comenzó a leer la primera fila de la estela:
—¿Qué querrá decir maestro?
—Posiblemente sea el nombre del que allí yacía Julio, pero no te lo puedo confirmar a ciencia cierta. —Ángel respondió con cautela, sin apartar la vista de la transcripción grabada en el soporte de la estela.
Cuando el profesor volvió a mirar a su alumno, algo en él ya no era igual. Completamente inmóvil, sostenía los ojos fijos en un punto más allá de la vitrina. De pronto, Julio levantó lentamente la mano y señaló con el dedo hacia la silueta de la mujer de ojos azules observándolo detrás de la vitrina, justo enfrente.
—Mira allí. —El profesor levantó la vista y se dirigió al muchacho:
—Dame un segundo —Se dirigió rápidamente hacia la vitrina, mientras Julio quedaba tras la estela. Desde allí, observó la imagen de su profesor al otro lado; junto a él, la figura de la mujer. Sin embargo, él pasó de largo sin mirarla, haciendo un gesto con los brazos y observando a Julio, como diciendo: “aquí no hay nadie”. Pero el muchacho seguía viendo a la mujer, que esta vez sonreía. Una súbita paz se apoderó del joven, quien sintiendo la conexión, devolvió la sonrisa y una mirada de complicidad, reconociendo el vínculo entre ambos:
—Wi tared van aná, si om te pare das Hazell, wi tared van aná. —La voz de la extraña mujer surgió en la mente de Julio, mientras su imagen se esfumaba con una sonrisa en el rostro y la mano en alto, despidiéndose.
— ¡No hay nadie ahí, y te aseguro que, por un momento, me ha parecido verla! —El profesor, extrañado y casi sin aliento, llegó a la altura de Julio.
—Voy a comunicárselo a algún auxiliar del museo, espérame aquí.
—No importa Ángel, será una ilusión óptica, o un fantasma. —Una media sonrisa se dibujó en el rostro de Julio. Sentía que el círculo, por fin, se cerraba, la conexión que tuvo desde la primera vez que vio las esculturas iba ligada a esa extraña mujer. Y continuó diciendo:
—¿Nos vamos?
La actitud del muchacho daba un giro. Ahora no parecía sentir miedo, incluso bromeaba con la situación. Ángel quiso quitar hierro al asunto y esbozó una sonrisa.
—Si… venga que estos ya habrán pasado Roma y estarán por el arte visigodo o yo qué sé… —Aunque seguía contrariado, era posible que Julio tuviera razón, y todo no fuera más que una ilusión óptica...
Ambos corrían despavoridos por el largo pasillo hacia Hispania desde Iberia; una vigilante, al escuchar el eco de sus pasos, los llamó al orden:
—¡No se puede ir corriendo por aquí, que tú ya eres mayorcito!
Ángel y Julio soltaron una sonora carcajada seguida de unas disculpas del profesor:
—¡Perdóneme, que se me escapan los niños!
Cuando llegaron a la altura del grupo, ya recorrían la zona de la Edad Media y la huella andalusí envolvía todo lo que los rodeaba.
La compañera de instituto de Ángel seguía la visita explicando los pormenores de la transición de la época visigoda a Al-Ándalus. Cuando su compañero se situó a su lado, invitó a que siguiera él relatando la historia.
—Como muy bien os explicaba María, la invasión de Al Walid en Al-Ándalus sucedió con una rapidez increíble, casi no encontró resistencia. Si miráis hacia arriba veréis una maqueta de la mezquita de Córdoba, construida en su primera parte por Abderramán I casi al final de su vida. Este personaje, antes de llegar a Al-Ándalus, tuvo que huir de su tierra, pertenecía a una dinastía llamada Omeya.
El profesor cambió el tono de voz, envolviéndolo en un aura de misterio, y continuó su relato:
—Mientras los Omeyas gobernaban su extenso imperio, los abasíes surgieron como una dinastía rival que también aspiraba al trono, desafiando la hegemonía de la familia reinante.
Estos decían que ellos eran los verdaderos líderes porque descendían de la familia directa del profeta Mahoma. Entonces, en el año 750, organizaron una rebelión contra los Omeyas. En la gran batalla de Gran Zab, los abasíes vencieron y tomaron el control del imperio. Luego, para asegurarse de que ningún Omeya volviera al poder, invitaron a los líderes a un gran banquete… pero era una trampa. Los asesinaron a casi todos…
El grupo de estudiantes permanecía totalmente hechizado con las palabras de su maestro de historia, imaginando el momento de la trampa realizada por los abasíes. Tras una breve pausa, Ángel continuó con la narración:
—Solo el joven príncipe, Abderramán, logró escapar de la masacre. Tras un peligroso periplo por el norte de África, desembarcó en la península ibérica, donde sumó apoyos entre los antiguos leales a su familia. En el año 756, fundó en Córdoba un emirato independiente del Califato Abasí, logrando que la estirpe omeya sobreviviera y volviera a reinar, aunque ahora solo sobre las tierras de Al-Ándalus.
El grupo de estudiantes seguía de cerca a su profesor mientras avanzaba hacia la siguiente sala. Allí se detuvo ante una vitrina y observaron con detenimiento un extraño disco metálico. Su superficie estaba dominada por un gran pentáculo, rodeado de una enigmática escritura dispuesta en forma circular.
Julio, justo detrás, se quedó observando el extraño objeto. De no haberse detenido su profesor, hubiera pasado totalmente inadvertido. Entonces Ángel miró a su alumno.
—Nuestra historia está llena de vacíos, y este objeto es otra prueba de ello. ¿Y si hemos aceptado hipótesis o teorías frágiles, sostenidas apenas por hilos, simplemente porque nos resultan más cómodas para narrar y comprender nuestra propia evolución como civilización? —Después de unos segundos de pausa, finalmente sentenció:
—¿Y si, en realidad, los hechos no sucedieron como siempre nos han contado?